Podcasts BD 05: Atrápame a esos mosquitos

Atrápame a esos mosquitos


Fotograma del film de 1.996 “Agárrame a esos fantasmas”. En la citada película, Michael J. Fox encarna a Fran Bannister, un charlatán que usa sus poderes psíquicos (y a sus espectrales amigos) para ganar dinero.

Bienvenidos oyentes de Drosophila a través de las ondas. Como cada semana, aquí tienen una nueva entrega de los podcasts, que en esta ocasión le hemos puesto por nombre “Atrápame a esos mosquitos”. He decidido nombrar esta entrega radiofónica de semejante manera en honor a la hilarante película de mediados de los 90’s dirigida por Peter Jackson y protagonizada por Michael J. Fox. Así, usando como punto de partida el film “Agárrame a esos fantasmas” les voy a pasar a relatar en breves instantes el motivo por el que las picaduras de mosquito resultan tan molestas en la época estival. ¡Sin más dilación, pasemos a entrar en materia!

Bajo el nombre vulgar de “mosquito” se engloban alrededor de unas 3.500 especies diferentes, pertenecientes, dentro de los Dípteros Nematóceros, a la familia de los Culícidos. Dentro de esta se encontrarían por ejemplo los mosquitos causantes o que sirven de vectores a enfermedades tan popularmente conocidas como el dengue o la malaria. Antes de continuar, es necesario hacer un inciso, pues hay que recordar que los dípteros nematóceros son aquellos que muestran antenas largas y filiformes multisegmentadas que en el caso de los machos presentan abundantes setas o pilosidades.

La presencia de mosquitos es intrínseca al ser humano. Prueba de ello es que ha quedado registrado en los nombres de poblados y accidentes geográficos, como Costa Mosquitos o Bahía Mosquitos.

La protagonista de esta irritante y desagradable experiencia veraniega es siempre la hembra del mosquito en cuestión (hay 3.500 para elegir, elijan el que más simpático les caiga). Sin embargo, ¿qué les lleva a perturbar nuestro sueño en las calurosas noches de verano? La razón por la que nos fastidian el sueño con su incansable vuelo alrededor de nuestros oídos responde meramente a una razón evolutiva: la necesidad de nuestras proteínas sanguíneas (o en su defecto, la de otro mamífero), con las que van a hacer madurar sus huevos para que a la postre, estos resulten fértiles. En definitiva, buscan como todo hijo de vecino perpetuar la especie. De esta forma, a diferencia de los machos, que se alimentan de néctar, polen o zumo de frutas (una dieta muy rica en azúcares), la hembra lo hace de la sangre de los mamíferos.

Para ello posee una herramienta excepcional, un apéndice delgado y en forma de tubo que lleva por nombre probóscide, con el que va a atravesar la piel de sus donantes de proteínas. Una vez perforada la epidermis, ya sólo queda succionar la sangre del capilar o vaso sanguíneo perforado hasta satisfacer sus necesidades. Sin embargo, a diferencia de lo que siempre nos contaron de niños en la escuela o el instituto, la estructura proboscídea de los Culícidos no es rígida como aquella aguja hipodérmica con la que la comparaban. ¡No es así! Esta probóscide es flexible hasta el punto de que es capaz de ir “buscando” el capilar sanguíneo hasta dar con él. Asimismo, el profesor de ciencias nos contaba que la estructura proboscídea, en forma de tubo, era una unidad. ¡Tampoco es así! La probóscide de los mosquitos hembra está formada por dos conductos: una rama ascendente y otra descendente, siendo la rama ascendente por la que nuestro protagonista alado es capaz de succionar nuestro fluido vital. Mientras tanto, por el conducto descendente va a liberar saliva a nuestro torrente circulatorio.

La picadura del mosquito provoca un habón o hinchazón como fruto de la respuesta del sistema inmune a un agente externo.

Imagino que a estas alturas estarán diciendo: “¡Puagh! Qué asco! ¿Por qué libera saliva en el interior de mi capilar sanguíneo?”. La razón es muy simple, pero a la par, no se me ocurre una manera más sofisticada de dar solución al problema de la coagulación de la sangre. Y es que esta saliva muestra propiedades anticoagulantes, con lo que la hembra del mosquito evita por medio de la inoculación de esta saliva que la sangre pierda su estado líquido.

¿Y la picazón posterior a la picadura? ¿A qué obedece ese molesto prurito? Pues la respuesta también reside en la saliva que nos inyecta durante la picadura. Cuando la saliva del mosquito acaba alojándose en nuestro organismo, se desencadena una reacción de hipersensibilidad como mecanismo de respuesta de nuestro organismo a un agente externo. Así, nuestra sistema inmune detecta un inmunógeno exterior y responde frente la presencia de este intruso. En la zona donde el mosquito nos picó tenemos una liberación de histamina, con lo que se provoca en última instancia la dilatación de los vasos sanguíneos y la erupción cutánea en la forma de característico habón. Asimismo, cuando los vasos se expanden, paralelamente los nervios localizados alrededor de la zona afectada son estimulados, por lo que minutos después acaba teniendo lugar la comezón característica que nos deja como recuerdo de su visita el mosquito.

Corynebacterium glutamicum es un representante del género bacteriano Corynebacterium. Estas bacterias forman parte de la flora saprofítica que puede localizarse en nuestra piel.
Corynebacterium se distingue fácilmente al microscopio debido a la característica disposición en “V” que presentan.

Para finalizar con el podcast de hoy y no dejar en ustedes mal sabor de boca, creo conveniente zanjar una disputa que se remonta muy probablemente a la noche de los tiempos. En más de una ocasión, se habrán preguntado el motivo por el que los mosquitos (recuerden, sólo las hembras) me pican a mi más que a mi primo, a mi hermano o mis padres. ¿Qué argumento científico se esconde detrás de que los mosquitos piquen con mayor frecuencia a unos individuos que a otros? La respuesta a esta pregunta se fundamente en los siguientes tres puntos:

  1. Los mosquitos localizan a sus víctimas por el dióxido de carbono que emitimos al respirar y/o transpirar, por lo que a priori, se sentirán más atraídas por aquellas personas que desprendan mayores niveles de dióxido de carbono. Por tanto, a mayor tasa de transpiración, mayor probabilidad de ser presa de las fauces del mosquito. Víctimas potenciales: personas grandes, con sobrepeso o las personas embarazadas.
  2. Estudios realizados en los últimos años en Japón parecen demostrar que los mosquitos tienen una cierta predilección por las personas del grupo sanguíneo 0 frente a aquellas del grupo A o el grupo B, por los que parece mostrar una menor apetencia.
  3. Nuestras abuelas tenían razón, si te pica un mosquito es porque tienes la sangre dulce. Investigaciones recientes realizadas en Holanda revelaron que existe una correlación entre los niveles de azúcar en sangre y la tasa de picaduras. Pero no porque les resulte más agradable al mosquito la “sangre dulce”, sino porque esta mezcla de azúcares sirve de alimento a las bacterias que pueblan nuestra piel, que son quienes nos otorgan nuestro característico olor corporal (vulgarmente, sudor). Se centraron en estudiar la composición de la microbiota epidérmica, concretamente los géneros Corynebacterium (cuyo elevado número en nuestra piel daría un olor fuerte a nuestro sudor) y Lactobacillus (que daría un sudor de olor más suave), llegando a la conclusión de que los mosquitos evitaban tanto a las personas que mostraban una elevada proporción de bacterias del género Corynebacterium como a aquellas que presentaban una elevada proporción de bacterias del género Lactobacillus. ¡Los mosquitos prefieren a las personas que muestran una microbiota epidérmica equilibrada! Ratio Corynebacterium/Lactobacillus 1:1.

Pues hasta aquí ha llegado esta nueva entrega de los podcasts de Drosophila. Les deseo una feliz semana y mientras llega una nueva entrega de los podcasts, les invito a que disfruten de la ciencia. A su disposición tienen nuestra web: www.drosophila.es.

 

Sobre Eduardo Bazo Coronilla

Miembro del equipo de redacción de Boletín Drosophila, Licenciado en Biología en la Universidad de Sevilla. Ha colaborado en calidad de alumno en prácticas con el grupo de investigación de Plantas Acuáticas, Cambio Climático y Aerobiología (PLACCA) del Dpto. de Biología Vegetal y Ecología de la Facultad de Farmacia en la Universidad de Sevilla a la órdenes de Pablo García Murillo. Apasionado de la Botánica y la Micología (en la que se está iniciando), es un sagaz conocedor de la orquidioflora andaluza que disfruta a la par del senderismo y la buena música rock.

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