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Man_is_But_a_WormLa historia evolutiva de nuestra especie es un tema apasionante del que aun no se ha dicho todo. Lo cierto es que si nos podemos a repasar todo lo que nos ha pasado desde que nos separamos de nuestros familiares primates más cercanos, es decir, desde nuestros antecesores comunes con los miembros del género Pan (bonobos y chimpancés), hay un hecho de vital importancia, caminar sobre nuestras patas traseras.

La bipedestación es la capacidad de andar y permanecer sobre las patas traseras. Para nuestra evolución fue un hito  fundamental. Hace unos siete millones de años, cuando en África se produjo un periodo de desecación de que dio lugar a una seria reducción de las áreas boscosas, nuestros antepasados tuvieron que pasar más tiempo a ras de suelo, apareciendo con ello la capacidad de andar de forma bípeda y permanecer erguido.

Esto produjo una serie de cambios en nuestra estructura que sentaron la base para la aparición del hombre actual, el Homo sapiens:

  • Nuestro foramen magnun, es decir, el orificio por donde entra la médula espinal en el cráneo, fue desplazado desde la parte posterior del cráneo hacia la base de este.
  • La columna vertebral, que en el resto de primates es bastante recta, tubo que curvarse en ciertas zonas para soportar el sobre esfuerzo de andar sobre dos patas.
  • Nuestra pelvis se ha ensanchado y adaptado para soportar el peso de nuestro órganos internos. Esto supone una menor velocidad punta y  que el nacimiento de nuestras crías sea prematuro.
  • Skelett-Mensch-drawingLas extremidades inferiores se han vuelto más robustas y las articulaciones se han adaptado para que en la marcha bípeda no tengamos que mover todo el cuerpo, como el resto de primates.
  • Los pies se han alargado, mientras que los dedos disminuían su tamaño y el dedo pulgar dejaba de ser oponible. Estos cambios dieron lugar a la perdida de la capacidad de agarrar objetos, en pos de una mejor motricidad bípeda.

Todas estas modificaciones nos dieron una serie de ventajas adaptativas a un medio pobre en arboles y rico en grandes espacios abiertos:

  • La capacidad de mirar desde un punto más elevado para buscar refugio y evitar posibles depredadores.
  • Tener los brazos libres de la función locomotora, permitía usarlos de forma independiente y transportar cosas.
  • Andar de forma bípeda es, energéticamente, más barato, cosa muy útil a la hora de desplazarse por terrenos donde los recursos escasean.
  • También resulta una forma útil para evitar la deshidratación, al exponer menos superficie al sol y aprovechar mejor la brisa para enfriar el cuerpo.

Aunque la desventaja de el estrechamiento de la pelvis supone partos dolorosos y el nacimiento de individuos poco desarrollados, que dependerán casi  en totalidad de sus progenitores, es una seria desventaja a tener en cuenta. La liberación de los brazos y el hecho de tener que analizar un mayor campo visual fueron las grandes ventajas que permitieron el desarrollo cerebral que, hoy día, nos caracteriza.

 




Representación pictórica en la que se puede apreciar a un caballero que parece estar fuera de sí consecuencia de la degustación de tan sabroso manjar.

Representación pictórica en la que se puede apreciar a un caballero que parece estar fuera de sí, consecuencia de la degustación de tan aparentemente sabroso manjar.

Este segundo síndrome sin piedad pretende establecer un símil o nexo de unión con aquel cuento de Isak Dinesen y que fue llevado a la gran pantalla magistralmente por el director Gabriel Axel, ya lo conocen: “El festín de Babette”. En ella, actores de la talla de Stéphane Audran, Jean-Philipe Lafont o Bibi Andersson se dejaban seducir por el placer causado al degustar los platos más exquisitos de la gastronomía gala, preparados una afortunada anfitriona que decide invitar a los habitantes de aquella remota aldea danesa tras ser agraciada con el premio de la lotería. Al igual que en la citada obra, hoy dejando de lado el celuloide (con todo el dolor de mi corazón), el protagonista de nuestro breve será la comida.

El trastorno que hoy voy a analizar para ustedes en detalle está relacionado con la cocina, la comida sotisficada (¿o debería decir sofisticara? Espero que no se me enfaden Chicote, Adriá, Arzak, Santamaría & cía) y un “desorden” neurológico, un desorden al que podríamos tratar de talla “gourmet”. Como ya habrán podido adivinar, este trastorno lleva el nombre de “Síndrome de Gourmand”. Este síndrome fue descrito por primera vez en 1997 por los investigadores suizos Regard y Landis y fue descrito como “una patología relativamente benigna”. Veamos en qué consiste.

Muestra de la sofisticación que pueden alcanzar los platos adquiridos o elaborados por los afectados por el síndrome de Gourmand. En la imagen puede observarse cómo puede componerse una figura arbórea a través de los distintos fragmentos dulces que integran el postre, creación de Jesús Escalera Ciscares. Imagen cedida por el mismo autor.

Muestra de la sofisticación que pueden alcanzar los platos adquiridos o elaborados por los afectados por el síndrome de Gourmand. En la imagen puede observarse cómo puede componerse una figura arbórea a través de los distintos fragmentos dulces que integran el postre, creación de Jesús Escalera Ciscares. Imagen cedida por el mismo autor.

Caracterizado como trastorno alimenticio igual que lo son la bulimia, la anorexia o la ortorexia, es en realidad más raro y/o curioso que todos ellos. Así, el paciente que sufre esta “dolencia” siente el deseo irrefrenable de cocinar y consumir platos exquisitos, pero aquellos que únicamente lleven aparejada consigo una elevada sofisticación y presentación. Sé lo que estarán pensando: “Menudo trastorno para paladares exigentes y sibaritas. Eso debe ser cosa de ricos, que tienen una cuenta corriente a prueba de extravagancias”. Empero, como ahora verán, no siempre es así.

Hasta hace relativamente poco tiempo se desconocían las causas de este anormal comportamiento. Recuerden también que se trata de un trastorno descrito recientemente para la ciencia, y que lo que la ciencia no conoce difícilmente existe y más complejo aún es darle explicación y solución (espero con esto que nadie se dé por ofendido, era una reflexión en voz alta). Hoy día sin embargo sí conocemos qué está detrás de esta “obsesión” por la comida elaborada: el síndrome de Gourmand está causado por una lesión en una determinada zona del hemisferio cerebral derecho, más concretamente en las áreas anteriores que involucran a la zona cortical y basal y a las estructuras límbicas. Así, estudios anatómicos del cerebro realizados sobre estos pacientes por medio de escáner han advertido que los ganglios basales, estructura encargada de regular los niveles de serotonina, se encuentran afectados.

Los enfermos de Gourmand gustan de los juegos de apariencias y sensaciones en la cocina. Un ejemplo de ello son los trampantojos, a los que consideran el culmen de la cocina. Creación de Jesús Escalera Ciscares, a quien debemos también la autoría de la imagen.

Los enfermos de Gourmand gustan de los juegos de apariencias y sensaciones en la cocina. Un ejemplo de ello son los trampantojos, a los que consideran el culmen de la cocina.
Creación de Jesús Escalera Ciscares, a quien debemos también la autoría de la imagen.

Ahora encajan muchas piezas del rompecabezas, ¿no es así? Como sabrán, la serotonina es un neurotransmisor tipo amina, el cual está implicado en la inhibición de sensaciones tales como la ira, el sueño, la temperatura corporal… ¡O EL APETITO! Esto explica que el afectado por esta enfermedad sienta la urgencia de adquirir y cocinar productos alimenticios elaborados y deliciosos. Hasta aquí no supone nada nuevo, esto ya lo comentamos anteriormente, pero cabe citar otros síntomas que van aparejados a estos, ya que el individuo que sufre esta lesión cerebral siente desinhibición de otras pautas de comportamiento, como la ira, con lo que si no consigue hacerse con ese manjar puede agredir al cocinero que le niegue su anhelo o la osada dependienta de la caja que se atreva a decirle que no tiene el suficiente dinero para adquirirlo. Lamento tener que retomar el tema del dinero, aunque sea brevemente, pues se han descrito casos de personas afectadas por el síndrome de Gourmand que se vuelven violentas cuando se les niega su deliciosa vianda por falta de poder adquisitivo (esta práctica merma económicamente a quienes la padecen, de ahí mi reflexión anterior al respecto).

A día de hoy aún no existe un tratamiento efectivo, aunque se trabaja en este sentido de manera intensiva, estudiándose y probándose diferentes tratamientos en animales de experimentación, fruto quizás aún de lo “novedoso” del trastorno.

Y ahora voy en busca de mi bocadillo, que el jefe me tiene sin desayunar a estas alturas de la mañana. Lo mismo si adopto la soflama del iracundo y hambriento Homer Simpson me hago oír. Voy a probar si funciona… ¡QUIERO MI BOCADILLO! ¡QUIERO MI BOCADILLO! ¡QUIERO MI BOCADILLO!




Nuestra propia existencia fue el más grande de todos los misterios, pero ya ha dejado de ser un misterio porque está resuelto. Darwin y Wallace lo resolvieron — Richard Dawkins

Un ejemplo de cómo se usaría la aplicación.

Un ejemplo de cómo se usaría la aplicación.

Nuestros compañeros de BioScripts han lanzado esta semana la aplicación Huellas para dispositivos móviles. La herramienta permitirá identificar las huellas de más de 40 especies de aves de Andalucía. Su distribución es gratuita y se puede descargar desde la plataforma Google Play para Android.

El objetivo es poner a disposición de cualquier persona interesada una herramienta sencilla de manejar. Usando la cámara del móvil se pueden comparar las huellas que se encuentran en la naturaleza con las plantillas de la aplicación. La imagen de una moneda de 1 euro sirve como guía para ajustar el tamaño de la huella.

Además se ofrece una guía con imágenes fotográficas de las aves. También se incluye información como el nombre científico, descripción física del animal, comportamiento y estado de conservación.

En este vídeo podéis cómo se usa la aplicación:

Imagen de previsualización de YouTube

Más información aquí.




Nuestra propia existencia fue el más grande de todos los misterios, pero ya ha dejado de ser un misterio porque está resuelto. Darwin y Wallace lo resolvieron — Richard Dawkins

A menudo los humanos se obsesionan con el tamaño de sus atributos sexuales, el síndrome de Koro sería un ejemplo de ello.

A menudo los humanos se obsesionan con el tamaño de sus atributos sexuales, el síndrome de Koro sería un ejemplo de ello.

Ya habrán advertido que me gusta el cine, se podría decir que me perturba. De ahí que haya decidido realizar un serial sobre síndrome curiosos, extraños o fuera de la cotidiano, ya que en definitiva no son más que perturbaciones del comportamiento, del metabolismo, bioquímicas, neurológicas, etc… He nombrado a esta serie de breves como la famosa película de Sidney Lumet, por la simple relación de que eran el mismo número de hombres los que juzgaban a aquel chico por el supuesto asesinato de su padre que el de entregas de este coleccionable. Pero tranquilos, que no es nuestra intención la de hacer de jurado de nadie.

Como ven, la primera entrega lleva por nombre “El increíble pene menguante”, parafraseando a otra película, “El increíble hombre menguante”, dirigida por Jack Arnold allá por 1957. A diferencia del protagonista del film, en el caso que voy a narrarles a continuación, la merma de tamaño no supone una prueba vital para el que sufre tal disminución (más bien podría decirse que moral). Por supuesto tampoco se produce ésta por una nube de indeterminada procedencia que envuelve al paciente en un halo de magia negra o hechicería.

Ya habrán sido capaces de averiguar que el síndrome que les voy a relatar tiene que ver con el tamaño del órgano reproductor masculino. En efecto, les voy a hablar del denominado síndrome de Koro. Si ya les adelanto que el vocablo “koro” en japonés significa “cabeza de tortuga”, irán haciendo sus averiguaciones y creo que pronto sabrán sin dificultad por quién doblan las campanas.

El síndrome de Koro es un trastorno que se cree específico de las culturas del sudeste asiático (ahora verán que no es del todo así), en el que la persona que lo manifiesta tiene el miedo o creencia irracional de que su pene o genitales (cuando no ambos) van reduciendo su tamaño y van introduciéndose en el interior del abdomen, de la misma manera que la tortuga es capaz de recoger en el interior de su acorazado caparazón su cabeza y extremidades. En esta creencia, cuando el pene se introdujese por completo dentro de la cavidad abdominal, el individuo fallecería.

Seguramente algunas chicas dirán: “A mi no me afecta. Este trastorno es propio del pensamiento falocéntrico de algunos chicos propios de aquellos países asiáticos, donde los jóvenes meten mano a los chicas en el metro y están obsesionados por el tamaño de su miembro viril”. Esto en parte puede ser cierto, lo dejo a su interpretación u opinión personal. Sí es conocido que muchas culturas asiáticas están afectadas u obsesionadas por lo que ciertos sexólogos ya han denominado “la media nacional”, pero este síndrome no es exclusivo de los hombres, ya que las mujeres también lo sufren y lo manifiestan por una desmesurada preocupación por el tamaño de sus pechos o pezones, así como de la vulva (que dicen sentir como se contraen o retraen).

Caricatura aparecida en una popular tira cómica en la que se ironiza con el síndrome de Koro.

Caricatura aparecida en una popular tira cómica en la que se ironiza con el síndrome de Koro.

En ambos casos se debe a una obsesión compulsiva por tener un busto más prominente o un pene de mayor envergadura. Los psicólogos aciertan a decir que la característica de este trastorno es mostrar unos atributos más grandes porque de esta manera entienden que su éxito reproductor o “fitness” aumentaría considerablemente o se mantendría intacto. Esta obsesión por mostrar unos atributos más grandes llega a tal punto que les lleva a buscar soluciones o tratamientos. Los hay desde quienes creen que el fruto de la reducción de su órgano sexual es motivo de un elevado nivel de estrés y deciden tomar acupuntura para solucionar su problema (ignoro si lo consiguen, pues los artículos que he leído no incluyen resultados a este respecto) o visitar al psicólogo para dar solución a su trastorno (los cuales acaban dejando de lado esta obsesión en un elevado porcentaje tras su visita a los profesionales de la Psicología) hasta quienes para contrarrestar la retracción en el tamaño de su pene o su pezón se cuelgan pesas de ellos con la esperanza de que vuelvan a sobresalir.

Finalmente, y antes de marcharme, decirles que no es un síndrome exclusivo de los países asiáticos, pues sin ir más lejos, hace una década se dió una oleada de afectados por el síndrome de koro en Jartum (Sudán). Así, en Septiembre de 2003, al menos un millar de varones sudaneses acudieron a los puestos de socorro sitos en esta ciudad convencidos de que una terrible enfermedad estaba haciendo encoger a pasos agigantados sus penes. Los afectados en esta ocasión tenían la convicción de que se trataba de una maldición que se transmitía por el simple hecho de darle la mano a un extranjero, quienes, según los relatos y descripciones de los afectados, encajarían dentro de la categoría de varones caucásicos centroeuropeos. El suceso tomó tal dimensión que la policía sudanesa y el ministro de sanidad del país tuvieron que tomar cartas en el asunto para solucionar los altercados que se producían en la ciudad. Sin duda, este caso es menos escandaloso que el que ocurrió en Singapur en el año 1967, donde el suceso llegó a tal nivel que se desató la histeria colectiva, puesto que decenas de miles de hombres llamaron atemorizados a la policía aseverando que su pene había sido robado.

A todo esto, y ahora que caigo… voy a comprobar a ver si sigo teniendo el mío en su sitio y que no me lo haya robado ningún afanador de lo ajeno… o me lo haya amputado el ataque de un condón asesino.




Nuestra propia existencia fue el más grande de todos los misterios, pero ya ha dejado de ser un misterio porque está resuelto. Darwin y Wallace lo resolvieron — Richard Dawkins

Edgar y el frío del invierno.

 

En el sur de España, dentro de un pequeño agujero en la base de un viejo árbol, vivía un diminuto musgaño llamado Edgar, Edgar Suncus Etruscus, apellidos que compartía con el resto de musgaños enanos de todo el mundo. Era el más pequeño de cinco hermanos: Darwin, Lamarck, Marie, Jane y, por último, nuestro querido Edgar. Aunque nuestro amigo no pesaba más de un gramo, era pura vitalidad y júbilo siendo el más activo de sus hermanos, cosa que hacía que Mamá Musgaño siempre estuviera pendiente de él.

Imagen original de Bernardio Sañudo Franquelo.

Imagen original de Bernardio Sañudo Franquelo.

La vida en el árbol era tranquila. Toda la familia salía a dar abundantes paseos durante todo el día, siendo el preferido de Edgar el que daban todos juntos justo antes de la salida del sol. Como todos los musgaños enanos, Edgar solía pasar más tiempo despierto por las noches que por el día, aunque nunca era capaz de permanecer mucho tiempo despierto, aprovechando cualquier ocasión para darse una rápida siesta y recuperar las energías para volver a la carga.

Una noche tranquila, Edgar se despertó de su siesta por un extraño ruido: ¡GRUUUUU!, sonaba su barriga. Tanto movimiento jugando con su hermano mayor Darwin le había dado mucha hambre. Un rápido vistazo a su alrededor y notó que algo fallaba. Estaba durmiendo junto a Papá, Mamá y sus hermanos, pero faltaba alguien. Darwin no estaba.

Gracias a su pequeño tamaño, no mayor que la uña del dedo meñique del niño humano más pequeño, pudo caminar sobre Papá Musgaño sin despertarlo y conseguir librarse del cálido abrazo familiar. Era hora de ver dónde estaba Darwin. Seguro que tenía algo de comida.

Con la velocidad de una pequeña chispa de electricidad, caminó hacia la salida. La noche era joven y él aún más. Su nariz se puso en marcha. Lo primero que notó fue la humedad. El invierno hacía sólo un par de días que había llegado. Papá Musgaño decía que era una época peligrosa: poca comida y mucho frío. “Tonterías de padre”, pensó mientras corría entre matorrales y tierra húmeda, siguiendo el rastro de su hermano mayor.

La carrera en solitario duró poco. Por muy difícil que fuera encontrar a un Suncus Etruscus en el campo, Edgar conocía perfectamente el olor de su hermano. Darwin estaba en lo alto de una ramita mirando a lo que parecía ser el infinito:

-¿Qué haces Darwin?, preguntó Edgar con el aliento entrecortado por su rápida carrera.

-¡Calla!, fue la única respuesta de Darwin, mientras con un rápido movimiento de hocico indicaba a su pequeño hermano que mirara hacia adelante.

Ambos hermanos no podían creer lo que veían sus ojos. Seguramente la última oportunidad hasta el próximo verano se les acababa de presentar. A menos de un metro de ellos se encontraba su comida. Una buena dosis de proteínas que acabaría con su apetito. Como todos los musgaños enanos, Edgar y su hermano necesitaban comer casi el doble de su peso al día. Todo era perfecto en esta ocasión. Un enorme saltamontes u ortóptero, como ellos lo conocían, reposaba tranquilamente mientras comía una hoja fresca. No sólo se trataba de una buena comida, era sin duda alguna la comida preferida de Edgar… y estaba a su disposición.

¡¡GRUUUU!!, sonó la tripa de Edgar como una sirena en medio del silencio de la noche. Esto  hizo que el saltamontes se asustara y saliera corriendo, o mejor dicho, saltando. Darwin miró a su hermano menor con cara de enfado, saltó de la rama y se lanzó tras los pasos del ortóptero sin mediar palabra alguna. Edgar no dudó e inició también la misma carrera, mientras gritaba a su hermano mayor: -¡Espérame! Ser el más pequeño casi siempre implicaba correr un poco más lento.

El tiempo transcurrió rápido, o mejor dicho a saltos, a saltos de saltamontes. Mientras miraban hacia la luna, por donde el ortóptero parecía volar, ambos hermanos esquivaban piedras y ramas de los densos arbustos mediterráneos. En más de una ocasión, la tierra cada vez más húmeda, jugó una mala pasada. Haciendo que ambos hermanos resbalaran y se llenaran de barro. Todo daba igual si al final conseguían comerse al, no tan pequeño, ortóptero.

Hacía ya casi una hora que habían iniciado la carrera. La tripa de Edgar no paraba de gruñir. Tanto correr con hambre puede que no fuera una buena idea. La cola de Darwin le golpeó la cara y lo paró en seco:

-¿Qué haces?, gruñó Edgar antes de pararse a mirar a su alrededor.

-Mira, susurró Darwin mientras quitaba su sucia cola, llena de barro, de la cara de su hermano.

De nuevo se encontraban a tan sólo un par de pasos del ortóptero. El hocico de Darwin se puso en marcha. Algo lo distrajo por un segundo, haciendo que se volviera para mirar a través de un claro del matorral que los cubría. El saltamontes no esperó ni un segundo, y de nuevo se lanzó con un salto gigantesco hacia la luna. Edgar se dispuso a salir corriendo del matorral detrás de su deseada comida:

-¡¡Para, Edgar!!, gritó Darwin mientras miraba cómo su hermano pequeño estaba a punto de salir del refugio improvisado del matorral.

Edgar reaccionó tarde. Demasiado tarde para el invierno. Ya estaba bajo el cielo abierto, frenando, al oír cómo su hermano lo llamaba, cuando la primera gota de lluvia del recién llegado invierno, le impactó de lleno en la cabeza como un gigantesco cubo de agua helada. Darwin corrió hacia él y lo introdujo en la sombra del matorral, mientras empezaba a temblar de frío. La lluvia podía ser muy peligrosa para unos animales tan pequeños como ellos. Sólo una gota podía hacer enfermar de frío al más corpulento de los Suncus Etruscus y, mucho más a nuestro pequeño Edgar.

Rápidamente Darwin empezó a tirar la poca tierra seca que encontraba hacia su hermano menor:

-¿Qu..qué haces Darwin? ,preguntaba tartamudeando de frío nuestro pequeño aventurero, sin comprender muy bien qué hacía su hermano mayor. “Como si no tuviera bastante con el frío, ahora me llena de tierra”, pensaba intentando aclarar sus ideas.

-Te echo tierra seca, para quitarte todo el agua posible del pelaje, concluyó el mayor de los hermanos. Mientras decididamente frotaba el pelo lleno de tierra.

-Te…tengo mucho frío, Darwin Volvamos ya a ca…casa.

Notaba cómo cada vez sentía más frío. El tenue rumor de la lluvia se fue convirtiendo en segundos en una fuerte tormenta. Edgar recordaba las palabras de Papá Musgaño, “El invierno es una época peligrosa: poca comida y mucho frío”, mientras se decía a sí mismo que los padres siempre tienen la razón.

-No podemos volver a casa con este tiempo, es mejor que nos quedemos aquí hasta que la tormenta pase. No quiero que te vuelvas a mojar, es muy peligroso.

Darwin arrastró a su hermano hacia lo que parecía un nido abandonado de algún tipo de pájaro. Lo tumbó y se tendió a su lado. -Pégate a mi, así tendrás menos frío.

Mientras el calor del abrazo de su hermano le permitía dejar de temblar y su barriga hacía una pequeña pausa en su cántico por comida, a Edgar le empezó a invadir un extraño y profundo sueño. Aunque se resistía a dormir, los párpados se le cerraban a la vez que su nervioso corazón frenaba su acelerado ritmo. “Esto será lo que Mamá llama torpor”, pensó mientras recordaba una de las historias favoritas de Mamá Musgaño. Ella siempre decía que cuando un pequeño Suncus Etruscus se cansaba demasiado, un profundo sueño se apoderaba de él. Se trataba de un sueño bueno y reparador que aparecía para permitir al cuerpo recuperarse. El torpor llegó sobre los ojos de Edgar dejándolo caer en un tranquilo sueño.

Nada, una nada blanca era lo que había frente a los ojos de Edgar. Un terreno blanco, sin vegetación alguna, cubierto por un frío aire blanco que no permitía ver más que unos pasos desde donde se encontraba. “¿Qué es esto?”, se preguntó a sí mismo mientras intentaba recordar cómo había llegado a aquel extraño lugar. Dio un paso al frente. El suelo era blando y frío. “Nieve”, descubrió. De nuevo, el frío se apoderaba de él. Como si no fuera bastante con la lluvia, ahora se encontraba solo y rodeado de nieve.

En su pequeña cabeza resonó una idea. “¿Dónde estará Darwin?”. Pero no tuvo tiempo para volver a preocuparse por su hermano cuando el suelo tembló. Algo grande se acercaba y la cortina de frío le impedía saber qué era. Todo lo rápido que pudo excavó una pequeña zanja en la nieve y se lanzó en ella. Tal vez tuviera suerte y esa cosa gigante, fuera lo que fuera, pasara de largo antes de que el frío lo volviera a hacer tiritar. Pero esa cosa gigante no pasó de largo, más bien se dirigía hacia nuestro pequeño amigo.

Un fuerte golpe sonó junto a la zanja. Edgar miró hacia arriba y luego un poco más hacia arriba a medida que sus ojos se iban abriendo más y más. Frente a él, o mejor dicho, encima suya había un animal enorme con todo el cuerpo cubierto de un pelo blanco que se mecía junto a las fuertes corrientes de aire helado. La cabeza del gigante blanco bajó a la altura de Edgar y un hocico negro mucho más grande que nuestro amigo, lo olió. La fuerza del aire que entraba en la nariz del gigante era impresionante y el calor que salía de ella al respirar, mucho más:

-¿Pero tú qué haces aquí?, preguntó el gigante blanco con una voz grave, pero que al mismo tiempo sonaba agradable y sorprendida.

-N…no lo sé, tartamudeó Edgar sin saber muy bien si era por el frío o por el miedo que le daba el extraño gigante.

-¡Uff! Estás helado. -Una enorme mano, que lucía una fuertes garras negras, se puso junto al cuerpo de Edgar- Será mejor que subas. Este aire helado es muy peligroso para un pequeñajo como tú. Edgar dudaba. Es cierto que cada vez tenía más frío, pero no conocía de nada a este gigante blanco.

-No tengas miedo, te llevaré a mi casa hasta que pase el vendaval. Allí podrás calentarte un poco. En la voz del gigante se notaba la preocupación. No quería dejar al pobre musgaño solo en medio del Polo Norte.

Tras mirar con atención a su nuevo amigo, Edgar decidió que era mejor irse con él antes que ponerse malo por culpa del frío. Con toda la rapidez que pudo, trepó por el brazo del gigante agarrándose al abundante pelo blanco y llegó a la cabeza. El pelaje era grueso y, al acomodarse en él, sintió cómo el calor volvía a su cuerpo. Era hora de pasear en la cabeza de un gigante blanco. “¡Cuando lo cuente en casa nadie se lo va a creer!”, pensó mientras se agarraba fuerte al iniciar la marcha.

El viento helado dejaba escarcha en el pelaje marrón de nuestro diminuto amigo, pero gracias al gigante el frío era mucho menor. “¿Qué será?”, se preguntaba mientras intentaba adivinar que era el animal sobre el que estaba paseando. No se parecía a nada que él conociera, así que la curiosidad se hizo fuerte y salió disparada por su diminuta boca:

-¿Qué eres tú?, o ¿quién eres? Se había olvidado totalmente de la buena educación que Papá y Mamá Musgaño le habían dado. Sólo quería saciar su curiosidad.

-¡Jajaja! -Rio su nuevo amigo-. Mi nombre es Phipps, Phipps Ursus Maritimus. Apellidos que comparto con el resto de animales que son como yo, es decir, con los osos polares. -Tras una breve pausa y sin perder el tono grave de su voz, preguntó-: Bueno y … ¿Qué hace un musgaño como tú en un lugar tan frío como éste?.

-Pues no lo sé. Edgar pensó cómo era posible, si Phipps era un oso polar significaba que estaba en el Polo Norte. Rápidamente recordó a Mamá Musgaño y sus lecciones sobre modales. -Un placer conocerte Phipps, mi nombre es Edgar y te agradezco mucho que me rescataras del frío.

Pasaron un par de horas caminando hacia el hogar de Phipps. Abrazados por la nieve y sin más distracción que la conversación, charlaron sin parar. Edgar habló de su familia, sobre todo de su hermano mayor Darwin y su carrera tras el ortóptero. Phipps, en cambio, hablaba de las maravillas escondidas en el Polo Norte y de que cada día resultaba más difícil vivir en él por culpa del Calentamiento Global. “Ese tal Calentamiento Global, tiene que ser un animal de lo más malvado”,pensó erróneamente Edgar, pues lo cierto es que no era un animal, era algo mucho peor.

Justo a unos pocos pasos de la entrada de la cueva donde vivía Phipps, empezó a nevar. Entraron rápidamente. El frío volvió al diminuto cuerpo de Edgar:

-¡Que fr…frío! -gruñó mientras se sacudía la poca nieve que le había caído y con el tiempo justo para agarrarse fuertemente, era el momento de que Phipps se sacudiera también-. !Cuidado! -gritó mientras se tambaleaba de un lado a otro cogido de los pelos del oso.

-Perdón, no pensé que fuera a darte ese susto. -Su voz no cambió en ningún momento, pero Edgar la notaba más cálida y amigable. Alargó su mano y con suavidad bajó a Edgar de su cabeza y lo tapó con la otra mano. Acercó sus labios y sopló suavemente.

-Seguro que así tienes menos frío. -El cálido aliento del oso era muy agradable e hizo que el frío fuera desapareciendo.

-Phipps, ¿tú nunca tienes frío? -Edgar cada vez se sentía más maravillado por conocer a su nuevo amigo. Un gigantesco oso polar.

-Pues la verdad es que muy pocas veces y cuando lo tengo se me pasa rápido… Sólo pienso que el frío no existe -dijo mientras abría las manos para mirar a Edgar.

-¿Cómo que el frío no existe?… El frío existe y yo lo sé por experiencia. -Era lógico, él estaba helado y por muy grande que fuera su amigo, no se iba a dejar engañar.

-Verás, pequeño, el frío es sólo la ausencia, la falta de calor. -Phipps estaba muy seguro de lo que hablaba, al fin y al cabo, vivía en el Polo Norte.

La cara de Edgar no dejaba lugar a dudas. Por mucho que Phipps insistiera con el tema del frío, él no se creería nada sin una explicación. Nunca se creía algo que no comprendía. El oso polar se acomodó en un rincón de su casa y se dispuso a dar un pequeño discurso. Era el momento de que alguien le explicara a Edgar por qué no había animales pequeños donde hacía mucho frío:

-Amigo mío, te voy a explicar que el frío no existe… -No era un tema sencillo de explicar, pero intentaría contarlo de forma sencilla. Él era un oso listo. -No sé si sabrás que a las aves y a nosotros, es decir, a los mamíferos, nos llaman animales de sangre caliente… Eso significa que mantenemos una temperatura constante…. siempre la misma. ¿Lo sabías?

-Edgar asintió con la cabeza. Claro que lo sabía, sólo los mamíferos y los pájaros mantenían su temperatura siempre igual. -Sí, recuerdo cómo los insectos que comía en verano estaban calentitos y ahora que ha llegado el invierno están más fríos. -Por el momento parecía entenderlo todo.

-Muy bien… pues no sólo somos capaces de mantener nuestra temperatura, sino que la necesitamos para vivir…, pero, ¿te has preguntado de dónde sacamos ese calor? -Miró con atención al musgaño y se alegró al ver cómo estaba totalmente pendiente de su explicación, así que continuó sin esperar respuesta-: Sale de nuestra comida… no sólo nos vale para alimentarnos y crecer, también desprende calor que utilizamos para mantenernos siempre a la misma temperatura. -Por el momento estaba logrando que su amigo entendiera las cosas.

-Bueno… y entonces… ¿qué es el frío? -Edgar por el momento había entendido lo que significaba ser una animal de sangre caliente y de dónde salía ese calor que necesitaba, pero seguía sin comprender que el frío fuera la ausencia del calor.

-A eso voy, no me seas impaciente… -digo Phipps con la sonrisa en la cara-. Como te he dicho, el frío no es más que la falta de calor… de nuestro calor. -Tomó tranquilamente aire y continuó-: Cuando algo a nuestro alrededor, ya sea el agua de una gota de lluvia o el viento de la tormenta, tiene menos temperatura que nosotros, nos roba nuestro calor y eso es el frío… nada más y nada menos, que la falta de calor -concluyó el oso polar muy satisfecho de su propia explicación.

-Bueno… vale… acepto tu explicación. -Aunque estaba claro que no estaba totalmente satisfecho-: Entiendo todo lo que me has contado… pero hay una cosa que no me queda clara: ¿Por qué tú no tienes frío y yo sí? -La verdad es que Edgar deseaba con toda su fuerza que se tratase de algún tipo de truco, para así librarse del frío siempre que este volviera.

La pregunta pilló por sorpresa a Phipps, se le había olvidado aclarar ese punto en su, hasta ahora, perfecta explicación:

-¡Upps!… es verdad, no te lo he explicado. Cuando más pequeños son un animal o un objeto, más fácil es que le roben el calor. Cuando más grande es uno, más fácil es mantener la temperatura…. Este es el motivo por el que no hay animales pequeños en el Polo Norte, ni en ningún otro lugar tan frío. -Una idea o más bien una aclaración vino a la mente de Phipps-: Eso también explica otra cosa… Verás, estoy seguro de que tú comes mucho y eso es lo más lógico. Cuando más pequeño es un animal más calor pierde y por tanto más ha de recuperar para mantener su temperatura… más come.

-Vale… cuanto más pequeño soy, más calor me roba el viento y el agua… eso lo entiendo… pero no me creo que yo coma más que tú, es imposible. -Hasta ahora Edgar estaba muy contento con todas las explicaciones de su inteligente amigo, pero no podía creerse que él comiera más que un oso.

-Jajaja… tienes razón, en parte. -La verdad es que Phipps nunca se habría imaginado que la charla con un pequeño musgaño enano pudiera ser tan entretenida. Desde ese mismo instante decidió que siempre que encontrara un pequeño animal en apuros lo invitaría a casa:

-Digo que comes más en relación a tu peso… no sé exactamente cuánto pesaras…

-¡Ya peso un gramo! -dijo rápidamente Edgar.

-Bien… un gramo. Con ese peso calculo que tendrás que comer el doble de tu peso al día, es decir, unos dos gramos. -Miró en busca de la aprobación de su cálculo y tras encontrarla prosiguió-: Yo peso unos 600 kilos, es decir, 600.000 gramos. Si comiera lo mismo que tú tendría que comer dos veces mi peso al día… unos 1.200 kilos o lo que es los mismo, 1.200.000 gramos. Te puedo asegurar que como muchísimo menos.

La cara de Edgar era un auténtico reflejo de sorpresa. Por muy grande que fuera un Ursus Maritimus u oso polar, nunca podría imaginarse que alguien pudiera pesar tanto.

Phipps y Edgar ya eran buenos amigos, cuando la conversación sobre el frío acabó. Ambos estaban cansados por el viaje a casa del oso, así que decidieron descansar un rato. Phipps se tumbó para dormir y dejó que su pequeño invitado se acomodarse a la altura de su cuello. Era sin duda el rincón más calentito de su cuerpo y no quería que este volviera a tiritar por el frío: -Que descanses Edgar.

-Que descanses tú también Phipps -pudo decir el pequeño musgaño, antes de que, de nuevo, el torpor le invadiera.

Al abrir los ojos, el pelaje blanco sobre el que había dormido ya no estaba y, por supuesto, su dueño tampoco. En su lugar se encontraba algo mucho más conocido, el cálido abrazo familiar. Todo había sido un sueño, estaba junto a Darwin, Lamarck, Maríe, Jame, Papá y Mamá Musgaño, en su pequeño agujero en la base de su viejo árbol.

Cuando la familia despertó lo entendió todo. La noche anterior, cuando Papá Musgaño se dio cuenta que los dos hermanos no estaban, salió a buscarlos bajo la lluvia. Encontró a Darwin despierto y al pequeño Edgar dormido por el cansancio. Como no es buena idea despertar a alguien en medio del torpor, decidió que cargaría con él hasta casa. Cosa que hizo en cuanto la tormenta paró un poco.

Puede que el invierno sea peligroso por la falta de comida y el frío, pero si entiendes que el frío es sólo la falta de calor todo es más fácil.

 

-FIN-

Sabías que…

Los mugaños enanos o Suncus etruscus (nombre científico de la especie) son unos de los mamíferos más pequeños del mundo. Cuando son adultos pesan menos de 3 gramos y miden menos de 6 cm. Su pelo es de color gris con la barriga y los pies de color blanquecino. Su alimentación se basa en pequeños animales invertebrados, es decir, animales sin esqueleto interno.

Los hermanos de Edgar, tienen el mismo nombre que 4 cuatro de los científicos más famosos de la historia: Charles Darwin, Jean-Baptiste Lamarck, Marie Curie y, por último, Jane Goodall. A Papá y Mamá Musgaño siempre les encantó la ciencia.

El topor puede durar hasta 12 horas, en las cuales el animal permanece en reposo absoluto. Es un mecanismo fisiológico para reducir el gasto energético del animal. 

Los nombres científicos representan un nombre único con el que identificar a cada una de las especies conocidas. Aunque en el cuento se escriban como  los apellidos, es decir, los dos términos con mayúsculas, la forma correcta es el primer término con mayúscula y el segundo sin ella. Suncus Etruscus no es correcto, Suncus etruscus sí. 

Los osos polares o Ursus maritimus son unos de los mamíferos terrestres más grandes, llegando a pesar hasta 680 kilos y medir 2,6 metros de largo. Viven en las zonas polares y heladas del hemisferio norte, alimentándose principalmente de focas  y de otros animales marinos.

Phipps, no solo es el nombre de nuestro querido oso, también es de Constantine John Phipps, el primer científico que describió a los osos polares.

El flujo de calor y el tamaño de los animales: 

 

Explicación gráfica con números ejemplo.

Explicación gráfica con números ejemplo.

El flujo de calor desde los animales hacia el entorno está relacionado con la superficie corporal y el volumen. Mientras mayor es la relación superficie-volumen, mayor es el flujo de calor. Mientras más grande es un animal menor es su relación superficie- volumen y, por tanto, pierde calor con mayor dificultad.

 




Nuestra propia existencia fue el más grande de todos los misterios, pero ya ha dejado de ser un misterio porque está resuelto. Darwin y Wallace lo resolvieron — Richard Dawkins

Esta semana  trataremos una viñeta, que aunque en la red ya hay otras parecidas quería hacer mi versión dibujada y que sirva para divulgar un poquito al menos. La hiena manchada (Crocuta crocuta) es un mamífero carnívoro nocturno y crepuscular de la familia de los Hyaenidae que habita en praderas y terrenos llanos y abiertos del continente africano.

Las hembras de hiena suelen ser de mayores dimensiones que los machos, su pelaje es amarillento grisáceo con manchas ovaladas irregulares marrones, la cola es un mechón largo de color negro. La hembra posee un clítoris muy desarrollado que recuerda al pene de los machos.

Viven formando grupos familiares liderados por una hembra dominante, sus territorios son marcados con secreciones corporales, orina y excrementos. A la hora de la caza en grupo van dirigidos por una hembra, y gracias a sus mandíbulas pueden engullir hasta los huesos y cuernos de sus presas, aunque no solo se alimentan de otros mamíferos, también se alimentan de insectos.

 




Nuestra propia existencia fue el más grande de todos los misterios, pero ya ha dejado de ser un misterio porque está resuelto. Darwin y Wallace lo resolvieron — Richard Dawkins

Sinceramente no estaba seguro de qué escribir para este número de Boletín Drosophila. Teníamos pensado un artículo totalmente distinto y no paraba de darle vueltas una y otra vez hasta que, de pronto, en una de estas clases que verdaderamente te envuelven, el profesor soltó un dato que brilló en mi cabeza, “animales anaerobios”. Un dato que siendo estudiante de Biología te chirría a más no poder.

La existencia de procariotas unicelulares que pueden vivir sin oxígeno no es nada nuevo, muchas bacterias son capaces de vivir en estas condiciones. También la presencia de eucariotas unicelulares en sistemas marinos anóxicos ha sido documentada desde hace décadas, pero en este caso el salto es mucho mayor. Hablamos de organismos pluricelulares de nuestro mismo Reino, el Reino Animalia. Estos animales forman parte de la meiofauna, es decir, organismos pluricelulares que su tamaño varía entre unos micrómetros y un milímetro. La meiofauna representa el 60% de los metazoos (pertenecientes al Reino Animalia) que hay sobre la tierra. Pocos grupos de metazoos son capaces de tolerar condiciones de anoxia por cortos períodos de tiempo. Por eso, lo sorprendente de esto es que viven permanentemente en estas condiciones, siendo el primer metazoo con estas características.

Ejemplar de  loricífero de la especie Pliciloricus enigmatus

Ejemplar de loricífero de la especie Pliciloricus enigmatus

Durante los últimos 10 años se llevaron a cabo 3 expediciones oceanográficas para buscar vida en los sedimentos profundos de una cuenca del Mar Mediterráneo. Dicha cuenca se encuentra a unos 192 Km al oeste de la isla de Creta y es de ambiente hipersalino. Mediante varios estudios se descubrió que había 3 especies del phylum Loricifera nuevas para la ciencia, que estaban adaptadas a estas condiciones de vida sin oxígeno, careciendo incluso de mitocondrias.

Una de las especies que podemos ver en una ilustración para hacernos una idea de cómo son estos pequeños animalejos es Pliciloricus enigmaticus. En el dibujo podemos apreciar su morfología, así como su aparato digestivo. En la parte superior en el centro apreciamos una boca alargada que, pasando por el tracto digestivo, llega a un estómago amplio y desemboca en el ano.

Como comentábamos en el número monográfico de zoología marina, parece que la taxonomía está en declive, sin embargo algunos científicos estiman que aún quedan por descubrir el 86% de las especies terrestres y el 91% de las especies marinas.

Los últimos descubrimientos parece que nos acercan más a la ciencia ficción que a la realidad, lo que quiere decir que vamos por buen camino. El camino que hace que nos cuestionemos las cosas y no pensemos en la ciencia como un dogma. Un camino que nos lleva hacia el conocimiento y que, por desgracia, le están cerrando las puertas en nuestro país.

Bibliografía: The first metazoa living in permanently anoxic conditions. BMC Biology 2010. Roberto Danovaro, Antonio Dell´Anno, Antonio Pusceddu, Cristina Gambi & Iben Heiner.




Nuestra propia existencia fue el más grande de todos los misterios, pero ya ha dejado de ser un misterio porque está resuelto. Darwin y Wallace lo resolvieron — Richard Dawkins